Si los padres no tienen una buena
relación con los libros, es aconsejable que lleven a sus hijos a la biblioteca,
a las sesiones de cuentacuentos, e incluso que asistan a ellas también. En todo
caso, si les leemos cuentos diciéndonos: tengo que
hacerlo, porque será bueno para él en el futuro, cuando vaya al colegio, seguro que no funciona. El niño sentirá que falta algo.
Si leemos una historia al niño y
se muestra inquieto, yendo y viniendo de un sitio para otro o entreteniéndose
aparentemente con otra cosa, conviene dejarle actuar así, ya que no significa
que no esté pendiente también de la narración. Tampoco es bueno preguntarle
cada treinta segundos si lo ha entendido todo. Incluso si hay palabras
incomprensibles, siempre debe de haber un margen de misterio, para que el niño
elabore hipótesis e imagine por sí solo. Un niño, por pequeño que sea, tiene
derecho a su vida íntima, a sus fantasías, a sus pensamientos, a su
singularidad.
Del mismo modo, cuando un padre
quiere transmitir con mucho afán su placer por la lectura y, al leer, exagera sobre actuando excesivamente, puede hacer que al niño le cueste
apropiarse de la historia, que se convierte casi en la historia de su padre.
Hay que dar un margen al niño y no imponerle nada. Se trata de
transmitirle las ganas de apropiarse de los libros, de desear historias. Cuando
el niño busca los libros, los coge, lo hemos logrado. Más adelante, los leerá a
escondidas por la noche, debajo de la manta, a la luz de una linterna.


En mi caso mi hija me pide que le cuente uno, luego otro cuento y otro, y como necesito que duerma porque al otro día tiene que ir al nido, le leo un cuento inventado con la luz apagada para que de paso se duerma, pero en lugar de lograr que se duerma, está más despierta.
ResponderBorrar